domingo, 3 de marzo de 2013

A CARMEN LOMANA

¿No es verdad, Carmen, amor,
que si sigues mis consejos
vas a llegar tú muy lejos,
en eso del chapuzón?
Escucha Carmen, amada,
si no bajas en picado
con los brazos estirados
y el sobaco depilado,
te darás una panzada
y quedarás lesionada
con los bofes reventados.
El agua, lejana y fría
que está esperando el instante
de que saltes pa adelante
enfundá en el bañador
¿No es verdad Lomana, amor
que te da mucho terror?

Ese sentir que tú sientes
cuando miras para abajo
de mandarlos al carajo
Se te pasa por la mente.
Pues si yerras dirección,
en lugar de un remojón,
te puedes dejar los dientes.

Termino mi verso, ahora
ante sus pies, Carmencilla
pidiéndole, de rodillas,
no se chive a mi señora,
si no quiere que me atice,
con la sartén en la frente
y mi próximo tuiteo,
lo haría yo en cuerpo presente.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Pariendo novela

Aquí estamos. Escribiendo una nueva novela de corte medieval que sigue la línea de la primera que edité: "Caminos del Oro Blanco". En esta ocasión nuevos personajes recorrerán las tierras castellanas que se extienden desde Béjar, Salamanca, hasta Briones en la Rioja. El vino será el fondo sobre el que se desarrolle la obra que, si la inspiración no me falla, esperotener completada el año que viene por estas fechas. De momento os traigo un adelanto y os aviso de que todavía no tengo pensado nombr para el "nascitururs".
Prólogo

                ‑Ahora señor –dijo el joven franciscano ‑ solamente deberéis esperar a que el sol que nos ilumina haga su trabajo.
                El aludido asintió con la cabeza. Con sumo cuidado extendieron el blanco lienzo sobre el suelo del patio empedrado de la vivienda. El sol de mediodía golpeaba con fuerza la ciudad de Florencia y pronto dejó sentir sus efectos sobre el lino. Casi de inmediato una serie de trazos aparecieron, como por arte de magia. Primero fueron manchas gruesas, después trazos mucho más definidos y líneas sutiles, casi imperceptibles. Cuando el proceso terminó  los dos hombres se miraron con la admiración pintada en sus rostros.
                ‑Es magnífico, mesié –dijo el más joven‑. Ahora solamente nos queda bañar la tela en una mezcla de vinagre y agua con sal.  Dejadlo así toda la noche y lavadlo al día siguiente con agua dulce. Os garantizo que el conjunto permanecerá inalterable durante milenios. En verdad‑dijo volviendo su atención al lienzo‑ mi preceptor Miguel de Cesena, no me exageró cuando me describió los prodigios  que sois capaz de realizar, armado tan sólo con un pincel y una paleta de colores.
                ‑No son menores que los vuestros, querido franciscano. No hubiera podido llevar a cabo este trabajo sin vuestra colaboración. Si nuestro querido amigo Duéze el zapatero de Avignon, supiera lo que podeis hacer con vuestros conocimientos, tened seguro que seríais acusado de brujería…
                ‑Nada sería más injusto –interpeló el aludido‑. Lo mío es puro conocimiento y estudio de muchas sustancias como las que he utilizado para dibujar los colores que ahora veis. Azufre, plata, mercurio, sales y otros compuestos que cualquiera podría fabricar. Incluso el propio Papa Bonifacio si es que él supiera cómo hacerlo. Siempre me gustó la alquimia y nuestro monasterio de Oxford cuenta con un excelente laboratorio donde, desde muy jóvenes, se nos enseñan los secretos de esta ciencia. Todo basado en la experimentación. Medimos, calentamos, mezclamos, siguiendo estrictos procedimientos. A veces la casualidad nos ayuda, siempre con el permiso de Dios, como por ejemplo, cuando nos dimos cuenta de que las sales de plata se oscurecen al contacto con la luz.
                Unos pasos resonaron sobre las piedras del patio y el joven monje guardó silencio. Ambos hombres dirigieron la mirada hacia la dirección de la que procedía el sonido. El mayor de ellos, sonrió al recién llegado. Un hombre joven, fuerte y serio, con una cruz patada roja bordada en el pecho. Una amplia capa de lana y piel apenas dejaba asomar la empuñadura de una espada a un lado y una corta daga en el opuesto. El recién llegado saludó con una inclinación de cabeza cuando el propietario de la vivienda se dirigió hacia él.
                ‑Jacques, viejo amigo. Gracias por venir a mi llamada. Mesié, dejad que os presente a este joven monje de quien ya os he hablado. Es quien me ha proporcionado los secretos necesarios para mi última creación –dijo señalando la sábana‑. Mesié de Maloy, Fray Guillermo de Ockham. Acaba de llegar de Roma y regresa a Oxford donde es discípulo del prior Miguel de Cesena.
                Ambos hombres se saludaron con una cordial sonrisa acompañada  de una inclinación de cabeza. El recién llegado se rascó la barbilla antes de fijarse por primera vez en el lienzo que estaba en el suelo. Una mirada de interrogación se plasmó en sus ojos.
                ­¿Era a esto a lo que os referíais, Angelo? –dijo señalando el dibujo con la mirada‑.
                ‑Si Jacques, a esto me refería –repuso el aludido mientras estiraba cuidadosamente la tela‑. ¿Qué os parece?
                ‑Me parece que terminaréis siendo acusado de brujería. El Papa Bonifacio va a considerar esto como una provocación.
                ‑¿El Papa Bonifacio? ¿Por qué tendría que enterarse Gaetani? ¿Se lo vais a decir vos?
                ‑Bien sabeis que no. Últimamente mi relación con Roma no es demasiado buena. Creo que nunca lo ha sido. El papado cada vez está más arruinado y es más corrupto. Constantemente necesitan más dinero y siempre acuden a la Orden para conseguir oro con el que seguir financiando sus excesos. En fin, Amigo Angelo, dejemos eso por ahora y decidme. ¿Qué pensáis hacer con esa pintura? Es de un realismo impactante.
                ‑La verdad –dijo encogiéndose  de hombros‑ no lo sé. Mejor dicho, sí lo sé pero resulta complicado de explicar. La idea se me ocurrió hace unos meses y, de inmediato, me puse a trabajar sobre ella. Pero las pinturas tradicionales no servían a mis propósitos. Cuando el de Cesena me preguntó que si podía hospedar a un joven fraile de Óxford durante unas semanas y me dijo que, a pesar de su juventud, era todo un experto en el arte de la alquimia, no dudé en solicitar su colaboración y aquí es donde entra nuestro buen fraile Guillermo de Ockham sin cuyos conocimientos nunca hubiera logrado lo que ahora está ante vuestros ojos.
                El joven monje inclinó la cabeza y retiró una pequeña hoja que el viento había depositado en la tela.
                ‑Mesié, lo mío es pura técnica y vos mismo, ahora que la conocéis, podríais repetirla. Pero lo vuestro es arte, señor. Os he visto como trabajabais estas últimas semanas y he visto como el sol hacía aparecer este prodigio ante mis ojos. Si no os conociera y no hubiera intervenido modestamente yo mismo en la elaboración, diría que es un milagro. Pero, sinceramente, no creo que sea conveniente para vos el exponer esta obra al igual que enseñais el resto de vuestros cuadros. Pensad que, para muchos, la distancia entre el milagro y la obra demoniaca es una línea muy sutil y las cárceles de Roma están llenas de hombres que, no supieron mantenerse a una prudente distancia de esta raya. Vos la habeis traspasado de una manera bastante evidente y hay clérigos muy poderosos que no dudarían en calificar la obra como una herejía.
                ‑Para eso, querido Guillermo, alguien les tendría que decir que la pintura es mía y eso es algo que no pienso hacer y confío en vuestra discrección y en la de mesié de Molay aquí presente.
                ‑Entonces –intervino este último‑ ¿es que no pensais enseñar vuestro trabajo?
                ‑Por supuesto que pienso enseñarla –contestó con una carcajada‑ Jacques, pero nadie me podrá achacar a mí su autoría. No pienso firmarla., Querido amigo, tengo ya demasiados trabajos firmados y estoy seguro, perdón por mi inmodestia, de que mi pintura trascenderá los siglos. Esto, estimados, va más allá. Una vez me dijeron que se puede engañar a todo el mundo durante un tiempo  o a un solo individuo durante todo el tiempo, pero que no es posible engañar a todo el mundo durante todo el tiempo. Ese es mi reto. Engañar a la humanidad, a toda la humanidad y que mi engaño perdure mientras haya vida sobre la tierra.
                ‑¡Por Dios, Angelo! ‑interrumpió enfadado el de Maloy‑.  Eso es soberbia y mereceríais que os ahorcaran por ello. Ahora lo entiendo, se trata de una broma más de las vuestras. Una broma como aquella vez cuando en el estudio de vuestro maestro pintasteis una mosca en la nariz de un retrato que él había realizado y Cimabue intentó espantarla con la mano.
                El monje se echó a reir imaginando la escena y, casi  a la fuerza, la cara seria del caballero, acompañó las risas del monje.
                ‑Sí, de eso se trata. Una broma, una broma que pienso gastar a la humanidad. A mis treinta y cinco años ya poco me queda por hacer –dijo acompañando sus palabras con la mirada de un niño travieso‑. Nosotros moriremos y, dentro de mil años,  mi broma seguirá obrando sus efectos.
                ‑Os reireis desde los infiernos.
                ‑Quizás, mesié de Maloy, pero entonces será la risa la que me sirva de alivio ante los numerosos suplicios que sin duda he de merecer. Pero… no os hice llamar para recibir reproches. ¿Sabeis? Tengo que viajar al Reino de  Castilla. Tengo unos importantes asuntos que resolver en aquellas tierras. Pero el camino  es largo y peligroso. ¿Teneis previsto realizar algún viaje en esa ruta? Vuestra compañía y la de vuestros monjes armados me serían muy gratas.
                ‑Conozco esas tierras. Estuve allí hace unos años pero, de momento solamente puedo ofrecerme a acompañaros un tercio de la ruta. Dueze me ha mandado llamar a a Cahors y he de partir en los próximos días. Me pedirá dinero. Está ansioso por ocupar la Silla de Pedro y necesita establecer sus redes para que a la muerte de Bonifacio VIII los cardenales depositen en él su voto. Eso, Angelo, significa que va a necesitar mucho oro y, como siempre, seremos los caballeros templarios, los que se lo proporcionemos.

martes, 1 de enero de 2013

PASOSROTOS

Alguien le había puesto el remoquete de Pasosrotos por su peculiar forma de caminar, siempre arrastrando los pies. Mientras se cambiaba en el vestuario recordó cómo había llegado a aquella situación. El alcohol se había ocupado de borrarle todos sus recuerdos. Recuerdos de una infancia y de una familia que nunca tuvo. Siempre había vivido en las calles. Cenas en el albergue de San Isidro, en el Madrid de los austrias y almuerzos en cualquier parte con la botella como su eterna y fiel compañera. Dormir en la calle si el tiempo lo permitía o en alguna de las estaciones de metro en los días más fríos. Se puso la barba y peluca blancas, se colocó la corona  y terminó de ajustarse el kaftán bombacho de raso azul  bordado en hilos de oro y la inmensa capa blanca imitando armiño sobre su cuerpo. Finalmente las babuchas, también de raso azul y varias cadenas doradas incrustadas de piedras de colores. convirtieron a Pasosrotos, el desahuciado que era en el sueño de todos los niños. Pasosrotos había alquilado, como todos los años el traje en una tienda de disfraces en la calle Amor de Dios del madrileño barrio de las letras. Faltaban 30 minutos para que las puertas del gran almacén se abrieran al público. Había sido contratado como rey Melchor de la gigantesca tienda y su contrato terminaba ese mismo día 5 de enero. A las nueve de la noche cuando la tienda cerrara sus puertas se pasaría por caja para recibir el dinero de su trabajo y luego vuelta a la rutina hasta que un día la muerte se acordara de su existencia. Quizás una pelea, un atropello o una helada nocturna no prevista antes de dormirse bajo el abrigo de unos cartones. Tampoco le importaba demasiado. Ya se encargaría el alcohol de suavizar ese momento. Había permanecido sin beber todo el tiempo que le duró el contrato. Sabía que si llegaba tambaleándose tras una noche de vino sería inmediatamente despedido recibiendo como único pago una soberana paliza de los seguratas de la tienda. Odiaba a esos gorilones que le cacheaban cada noche antes de irse pero las instrucciones eran concretas. El acceso a los vestuarios se hace siempre desde la puerta de servicio. Nada de pasar al almacén y si quieres mear, te vas al bar de enfrente.
            Un día más y las luces y canciones de colores iluminaban la calle. Casi las nueve y pronto el almacén cerraría sus puertas. Desde hacía quince minutos ningún niño se había sentado sobre sus rodillas para pedir el regalo de esa noche. Todos iguales, cortados por el mismo patrón.  Los mayores intentando quitarle la barba y los pequeños llorando cuando se sentaban sobre sus rodillas a la espera de que el fotógrafo contratado tomase su instantánea que luego sería recogida en el departamento de fotografía del establecimiento.  
Maldijo en voz baja cuando vio a la mujer con su hijo acercarse hacia él. Eso quería decir que todavía no podía levantarse. Un niño más que caminaba tranquilo agarrado de la mano del mayor. Iban sin paquetes y eso llamó su atención. El niño, en la mano, llevaba su carta que le entregó mirándole fijamente a los ojos mientras se sentaba en sus rodillas. No debía tener más allá de 5 o 6 años. No supo el motivo pero al mirarle tuvo la sensación de estar viéndose en un espejo y un temblor recorrió su espalda. Desvió su vista hacia la de la mujer y los ojos le resultaron extrañamente conocidos. Parecía haber sido sacada de una instantánea tomada 30 años atrás. Una lágrima por la mejilla de ella pareció devolverla al presente. Escuchó la voz del niño.
-       “Mira, es mi carta, la he escrito yo sólo. No quiero mucho, solamente una bicicleta. ¿Me la traerás?
-       Ehmmm… si, claro. Intentó decir algo más pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta. Miró nuevamente a la mujer que le devolvió en sus ojos una tristeza infinita. El fotógrafo ya había disparado su flash y se había perdido entre los últimos clientes que salían del establecimiento.  El niño se bajó de sus rodillas y pegó su nariz en el escaparate.
-       ‑Mira mamá esa es la bicicleta que quiero.
Pasosrotos se acercó a la mujer que volvió a llorar, esta vez sin disimulo.
‑No tengo trabajo, no tengo dinero y ni siquiera podremos cenar esta noche”. Por favor, déjeme, no me gusta que me vean así...”
Pasosrotos se alejó. Antes de doblar la calle para acceder a la puerta de entrada de personal, miró hacia atrás. La mujer y el niño se perdían en la calle iluminada por un espléndido abeto decorado con bombillas de colores.

            Ya cambiado y con el disfraz en una mano y el dinero recién cobrado en la otra se dispuso a salir del establecimiento. Miró el disfraz ya doblado y se percató del sobre que asomaba por uno de sus bolsillos. Lo reconoció de inmediato, era el que ese pequeño le acababa de entregar. Sacó la carta escrita con mano infantil. Un dibujo del rey Melchor llevando una bicicleta en dirección a una casa con un árbol en la puerta. Una flecha apuntaba hacia la vivienda y una dirección del barrio de Carabanchel. Pasosrotos se percató de la mirada sobre su hombro. El vigilante de seguridad, detrás de él y a muy corta distancia le dirigía hacia la salida. Pasosrotos se dio la vuelta y encaró la mirada del hombre.
‑Un momento, quiero entrar, tengo que comprar algo  ‑le dijo‑. ‑No puedes, ya lo sabes. Si quieres comprar pasa por la entrada principal. De todas formas ya es demasiado tarde y todos se han ido. Ahora lárgate antes de que me enfade.
            Pasosrotos sintió que su brazo tomaba vida propia. Su puño se cerró y golpeó como un mazo la mandíbula del vigilante que cayó hacia atrás como un pesado fardo para golpearse en la cabeza contra el suelo. No era la primera vez que el vagabundo intervenía en una pelea y de inmediato se percató de que el golpeado dormiría una buena siesta. Entró corriendo en la zona destinada al público. Sin apenas darse cuenta de nada, como movido por una mano que manejase los hilos de una marioneta que era su vida, se encontró en la calle nuevamente vestido de rey Melchor, con una pequeña bicicleta en sus manos. Miró hacia la boca de metro por la que terminaba de salir y leyó el letrero. “Opañel. Salida calle La Vía”. Estaba en el barrio de Carabanchel. Una gruesa capa de nubes cubría el cielo. Sintió frío cuando una espesa niebla apareció de repente. Cruzó la calle que estaba enfrente de él y se preguntó cómo llegaría a su destino pero una vez más  sus pies tomaron la iniciativa. Cuando cruzó la calle el frío desapareció disipándose la niebla con la misma rapidez con la que había llegado. Empezó a llover con fuerza, como si se hubieran abierto todos los mares del universo sobre su cabeza. El traje empezaba a empaparse y la peluca, la corona y la barba blancas goteaban agua por cada uno de sus  pelos. A través de la cortina de lluvia miró a su alrededor  y tuvo la sensación de que había cambios en el entorno que, por otra parte, le resultaba extrañamente familiar. Quizás la niebla, el agua y sus pies le hubieran jugado una mala pasada para conducirle a algún descampado. El asfalto de la calle se había trocado por tierra mojada, no había farolas, coches ni edificios. Solamente casas bajas de una altura, con las ventanas iluminadas. Volvió la vista atrás intentando localizar la estación de metro de la que acababa de salir  pero su mirada se perdió en ese mismo paisaje. Sintió el peso de la bicicleta en su mano y agradeció el abrigo que le proporcionaba el mojado traje de rey Melchor.

La casa no era muy grande. Un pequeño dormitorio con una cama en la que acababa de acostar al pequeño. Luego cuando llegase el marido acostaría al niño en el colchón que guardaba tras la puerta  del comedor. En éste una repisa con media docena de platos repartidos en estanterías adosadas a la pared, hacía las veces de cocina.  Un pequeño cuarto de baño, retrete, plato de ducha y lavabo completaba la vivienda. Había recogido algunos cartones ese mismo día. Quizás obtuviera un par de monedas por ellos. Escuchó la voz de él y empezó a temblar antes de que llegara a la puerta. Siempre la misma historia que se repetía, día tras día. Bronca en el mejor de los casos, una bofetada habitual o una paliza en algunas ocasiones. Esta vez llegaba más borracho que de costumbre pues tardó un par de minutos en dar con la llave e intentar abrir la cerradura para terminar llamando a voces hasta que ella abrió la puerta. Antes había pasado a la habitación del pequeño que dormía plácidamente.  Después colocó la sartén sobre el hornillo para calentar un frito de costillas que había guardado para cuando él llegara. Entró dando tumbos y con el aliento oliendo a ginebra. Un gruñido fue el saludo. “Tengo hambre, fueron sus siguientes palabras. El guiso empezaba a calentarse y el olor del pimentón inundó la vivienda. Ella abrió la ventana para permitir la salida del humo. Fue lo suficiente para desencadenar la tempestad.
‑¡Cierra esa  ventana! ¡Si tuvieras el frío que yo tengo no tendrías tantos problemas con el maldito humo!
‑Lo siento ‑dijo ella en un murmullo mientras volvía a cerrar la ventana‑.
‑¿Lo sientes? ¿Qué sientes? ¿Que tenga frío? Vas a sentir frío, maldita puerca.
Abrió la puerta de la calle, una corriente helada inundó la habitación. Luego se dirigió hacia ella y la agarró por la muñeca con la intención de arrastrarla hacia la calle. Estaba demasiado borracho y ella se zafó sin dificultad pero no pudo esquivar el puño que en ese momento golpeó su cara. Cayó como fulminada por un rayo y en su caída derribó la sartén sobre el hornillo. El aceite ardiendo fue a parar sobre la ropa de su agresor que sintió como su carne se abrasaba. Intentó buscar la salvación tirándose al suelo pero se equivocó. Al instante empezaron a arder todos los cartones que la mujer había recogido esa mañana. Inicialmente ella tuvo más suerte al quedar inconsciente sobre el suelo de baldosa. Pero su suerte duraría poco tiempo. Las llamas de inmediato alcanzaron la techumbre de madera y el fuego se extendió como una gota de tinta en un papel secante.
            El pequeño oyó los gritos de un hombre que se abrasaba y salió de la habitación. Él también gritó de terror al ver a su madre caída y a punto de ser alcanzada por las llamas. A un par de metros su padre todavía se revolcaba aullando. No se preocupó de éste y directamente intentó tirar de los pies de ella hacia la puerta. Hubiera podido escapar de haber tomado la decisión de inmediato pero ni siquiera pensó en ello. Volvió a tirar de su madre con todas sus fuerzas pero no lo consiguió. Se tumbó sobre ella llorando. ¡Mamá! Y su llamada de terror consiguió sacarla del letargo. Cuando ella abrió los ojos y vio al pequeño y sintió el calor que la abrasaba se puso de pie rápidamente pero ya era demasiado tarde. Las llamas avivadas por el aire que entraba por la puerta impedían todo intento de escapada. Abrazó a su hijo y solo pudo decirle: “Cariño, mamá te quiere y no dejará que te pase nada”. No creyó sus palabras y el aire caliente ya empezaba a abrasarle los pulmones.

            Volvió a ponerse en marcha hacia un grupo de viviendas cercanas. Tras ellas un extraño color rojizo estaba empezando a iluminar el cielo. Solamente él pudo escuchar un grito aterrador que le llegó hasta lo más profundo de su cabeza. Una de las viviendas ardía. Dejó la bicicleta y salió corriendo hacia la casa. La puerta estaba abierta. Intentó mirar hacia el interior pero una espesa nube de humo cegó su vista. Un segundo grito, esta vez más fuerte se elevó sobre el rugir de las llamas. No supo cómo lo consiguió pero atravesó la negra cortina de fuego. Dio gracias a su traje empapado. Al ver a la mujer y al niño en el suelo levantó al pequeño. Liberándose de las cadenas abrió la mojada capa y apretándole contra su pecho y con la protección de la tela calada logró salir de la vivienda. Le dejó en la calle a una veintena de metros donde el calor no era tan intenso. Volvió sobre sus pasos para atravesar de nuevo las llamas. Levantó a la mujer e intentó repetir la maniobra de envolverse ambos en la capa pero, evidentemente el abrigo salvador no era suficiente para los dos. Se la quitó de inmediato. Protegió la cabeza y cara de ella con la peluca y barbas empapadas por la lluvia. Nada más quitarse la barba postiza  sintió que el aire abrasaba sus pulmones. El contacto del agua con la cara de la mujer terminó de despertarla. Incrédula vio al hombre que era su salvador. El niño está en la calle. No se preocupe, se ha salvado. Ella solamente musitó un gracias a Dios. Ahora el problema estaba en atravesar la cortina de llamas. Se agarraron de la mano y ante la duda de ella él pegó un tirón  y la arrastró hacia el infierno. Una vez rodeados por el fuego ella solamente pudo huir hacia delante. No sintió el momento en que la mano del hombre se soltaba de la suya ni sintió el golpe del cuerpo de su salvador al caer. Unos minutos después madre e hijo abrazados miraban hacia la casa que se consumía. El niño miró unos metros hacia delante. ¡Mamá, mira, una bicicleta!

Pasosrotos despertó de su letargo. Recordó los instantes pasados y tras tocarse comprobó que estaba vivo. Se encontraba especialmente cómodo y, extrañamente, no sentía dolores. Miró a su alrededor y el ambiente le resultó familiar. Era evidente que se encontraba tumbado en la cama de un hospital. No sabía cómo había llegado hasta allí y supuso que habría sido rescatado en el último momento. Se levantó y se dirigió al cuarto de baño sin dudar. Volvió a tener la misma sensación de saber dónde se encontraba. En ese momento se abrió la puerta. Y una joven enfermera se dirigió sonriendo hacia él:
‑Doctor, veo que se encuentra mejor…
Pasosrotos miró a su alrededor, estaba sólo y esa mujer se estaba dirigiendo directamente a él. Sin saber cómo ni por qué contestó de manera automática.
‑Gracias, Diana. ¿Muchas urgencias en esta noche?
‑No ‑contestó ella‑. La última la atendió usted antes del desmayo ‑volvió a sonreír con cara de traviesa‑. Doctor ‑le dijo‑ trabaja usted demasiado y quizás le vinieran bien unas vacaciones… y una esposa
‑Gracias –respondió mientras sentía que todo giraba a su alrededor‑.
 Recuerdos de noches en la calle, de una noche, muchos años atrás y del incendio de su casa, de un hombre que salvó a su madre y a él de morir quemados. El héroe anónimo nunca apareció. Los periódicos de la época dijeron que había muerto, otros testigos afirmaban que le vieron salir en llamas y desaparecer delante de media docena de vecinos que se habían congregado para apagar el fuego. Recuerdos en la lejanía de un padre borracho, de una madre que trabajó hasta conseguir que él finalizara sus estudios de medicina. Se estaba formulando demasiadas preguntas. Miró encima de la mesita y recogió su cartera. Detrás de ella una vieja fotografía. Se reconoció a si mismo sentado en las rodillas de un rey Melchor. Intentó fijarse en la cara del hombre y un escalofrío recorrió su espalda. El rey Melchor no tenía rostro.



lunes, 24 de diciembre de 2012

LA MUÑECA

Recibió su tesoro cuando cumplió tres años de edad y desde entonces, habían sido amigas inseparables. Una muñeca de cara redonda y morena con el cabello siempre despeinado y dos enormes chapetes colorados en sus mejillas. Su boca entreabierta con un agujero redondo por el que tomaba su biberón de agua. Un cuerpo de goma dentro del cual un pequeño conducto permitía que el agua bebida saliese al exterior mojando un pañal de tela cada vez que alguien hacía presión en la barriguita del muñeco. De aquí le venía el nombre con el que su dueña, su amiga, le había bautizado. Chispipí la había acompañado en sus sueños, en el primer día de jardín de infancia y también en sus vacaciones. Después cuando empezaron los dolores, hacía ya 5 años, el pequeño Chispi también había ido con ella al médico. Y cuando le sacaron sangre y ella empezó a llorar, el agradable abrazo del muñeco había sido la solución para tranquilizarla. Luego fue con ella al hospital y, aunque en la habitación estaban otros niños, para sus conversaciones, sus secretos, siempre estaba cerca la oreja del muñeco. A él se lo había contado todo. “Chispi, no te preocupes, me han dicho que estoy creciendo y por eso me duele la pierna”. “Chispi, mañana me van a hacer una foto de la pierna. Pero por dentro, me han dicho que no duele y que así se verán mis huesos”. “Chispi, tenemos que ir al hospital. Para saber lo que tengo me tienen que meter en una máquina que hace ruidos raros pero no me voy a asustar porque te dejarán estar fuera esperándome”. “Chispi, nos tenemos que quedar aquí, han hablado con papá y con mamá. Mamá me lo ha dicho sonriendo pero yo me he dado cuenta de que ella estaba triste y había llorado. Chispi, creo que me voy a morir, la pierna me duele cada vez más…”
Luego, tras la hospitalización vinieron más pruebas, más análisis, siempre con una aguja clavada en el brazo conectada a la botella de suero. Apenas tenía hambre y todo lo que comía, aunque fueran cosas ricas, lo vomitaba. No entendía por qué pero su pelo también empezó a caerse. Celebró así su cumpleaños en tres ocasiones y cada vez se encontraba peor. Su mamá siempre a los pies de la cama, hablando bajito cuando ella creía que no la oía. Así se había enterado de muchas cosas. Tenía una enfermedad bastante grave que le estaba  llenando el cuerpo de bultitos. Los médicos estaban intentando curar y muchas de las cosas que le pasaban era por culpa de las medicinas que le estaban dando, como la pérdida del pelo o las ganas de vomitar. Aquel día se encontraba bastante mal. Ya hacía mucho tiempo que no se levantaba de la cama y le habían puesto una mascarilla en la cara para que pudiese respirar. Sabía que al día siguiente, sería Navidad pero eso le importaba muy poco. Ya casi no podía hablar y estaba sola en la habitación. Mamá había salido llorando después de que el médico hablase con ella. “No hay esperanzas y la niña no llegará a mañana, lo siento.” Sintió frío y pudo oir la puerta al abrirse. Era mamá que le colocaba las sábanas. “Mami, ¿dónde está Chispi? Preguntó. No escuchó la respuesta pero de inmediato sintió un beso y el cuerpo de su pequeño muñeco junto a ella. Giró la cabeza para mirarle pero solamente intuyó su cara borrosa destacada sobre la almohada. Se abrazó, con suavidad a él y, como siempre, empezó a hablarle, casi en un susurro.

-      ¿Sabes Chispi? Creo que me voy a morir esta noche. Pero no te preocupes, me acordaré siempre de ti. Chispi, tú has sido mi mejor amigo y te voy a echar mucho de menos. No sé si en el Cielo habrá muñecos pero ninguno será tan bonito como tú…”

Fue entonces cuando, del muñeco, pareció desprenderse una oleada de calor. El brillo que inundó la habitación solamente fue percibido por ella. ¿Era posible que su mamá no se hubiese enterado de nada? Con el calor, notó que sus fuerzas aumentaban y de inmediato, comenzó a sentirse mejor. Tanto como para poder dormir hasta que los rayos de sol de una mañana de Navidad, incidieron sobre su cara. Miró a su mamá y a la enfermera y les dedicó una amplia sonrisa. “Tengo hambre”, dijo.
         Mientras esperaba el desayuno, miró la cara del muñeco y comprobó que algo había sucedido. Apenas tenía pelo y el sonrosado de sus mejillas había cambiado por un amarillo sucio. También la goma estaba distinta. Dura por unos sitios y llena de bultitos blandos por otros. La pierna se le había deformado. Chispi, ¿qué te pasa? ¿Te has puesto malito? No te preocupes, yo te voy a curar. Mira, aquí tengo tu “bibe”. Tómatelo todo y verás como te encuentras mejor…”
Aplicó el biberón a la boca del muñeco e intentó apretar pero dejó de hacerlo cuando el agua empezó a salir por la pequeña boca…
Los días siguientes fueron llenos de actividad. Pruebas continuas, análisis y radiografías de todo tipo. Nadie sabía la razón pero la enfermedad había desaparecido sin dejar rastro de ella. Algún diario se hizo eco del caso. “Milagro de Navidad” era el titular pero pronto todo se olvidó y la tranquilidad volvió a la habitación del hospital.
         Pero Chispi seguía estropeándose por momentos. “Mami, ¿le puedes colocar la pierna a Chispi? Es que se le ha caído…”

Y llegó el gran día. 5 de enero, noche de Reyes. Los médicos le habían prometido que pronto volvería a casa. Al día siguiente papi se presentó con un hermoso paquete. “Reinita, los reyes te han dejado esto en casa”, le dijo con una amplia sonrisa. Abrió el paquete. Era el último modelo de mini consola portátil, con pantalla de alta definición y un montón de juegos. Pegó un grito de alegría y tras dar dos besos a sus padres se puso a investigar el regalo casi inmediatamente.
Salió del hospital con la mirada puesta en la pantalla intentando que la princesa escapase de las garras de su enemigo el dragón gracias al poder de las esmeraldas mágicas que había obtenido jugando la pantallita anterior. Mientras tanto, en la papelera de una de las habitaciones del hospital, un pequeño y deforme muñeco esperaba, con una lágrima en sus ojos, a ser recogido por el personal del servicio de limpiezas.
        

martes, 18 de diciembre de 2012

PANOCHA

La calle Preciados, en pleno centro de Madrid, es siempre un hervidero de gente. Gente de todas las razas, gente de todas las categorías sociales, pertenecientes a todas las tribus urbanas. Si nos detenemos un momento y miramos a nuestro alrededor, al principio no podremos diferenciar sino una inmensa masa que se mueve de manera indefinida, de manera similar a las hormigas en la proximidad del hormiguero. Imaginemos una enorme mesa de billar en la que hubiera un sinfín de bolas que la  recorrieran sin parar un solo instante, deprisa unas, más lentamente otras, ésta de aquí chocando contra una banda para rebotar en la dirección opuesta mientras que la de más allá está detenida a la espera de que alguna choque con ella para comunicarle su inercia e imprimirle un rápido movimiento mientras las demás parecen indiferentes a cada una de las bolas que las rodean. Imaginemos por un momento que fuéramos capaces de congelar la acción para poder individualizar cada bola, no, cada persona. El tiempo se ha detenido y ahora podemos analizar la calle como si se tratara de una instantánea capturada  por la cámara de un fotógrafo. Podremos aislar cada uno de los elementos que antes eran partes integrantes de un todo.
         Vemos, en el centro de la calle, una gran masa de individuos más o menos distintos pero con una característica común: Todos parecen llevar mucha prisa, caminan mirando al frente, algunas veces se paran para mirar  un escaparate o para entrar en algún comercio. Su trayectoria se inicia en la plaza de Callao para terminar en la Puerta  del Sol o viceversa. Otros toman calles colaterales, pero son los menos. su mirada, ya hemos dicho, siempre puesta al frente. Parecen indiferentes a los demás seres humanos que les rodean. El segundo grupo de individuos que se muestran a los ojos del observador, parecen no tener tanta prisa. Permanecen durante horas en una situación más o menos fija. También ocupan la parte central de la calle pero, desde su posición inicial solamente se desplazan unos cuantos metros en su derredor. Visten mucho peor que los del primer grupo y su ocupación principal es solicitar unas monedas a cambio de, unas veces una canción, las otras ejerciendo de estatua humana, recitando poesías, volando malabares o, sencillamente, inspirando compasión.
         Panocha pertenece a estos últimos. Es una criatura propia de la gran ciudad. Niños como él podremos encontrarlos en todas las grandes urbes. Panocha tiene unos doce años, demasiado pequeño para conocer como un adulto todas las miserias humanas, esto forja un carácter introvertido que se asoma al exterior en una mirada baja y desconfiada. Su talle es corto para esos doce años y su aspecto regordete denuncia que, al menos, el trato recibido por parte de su abuela, con la que vive, es incluso mejor de lo que pudiéramos suponer. Como consecuencia de la muerte de su padre, primero, y la fuga de su madre después, Panocha pasó a la tutela de su abuela, una mujer que en toda su vida no había hecho sino trabajar de sol a sol en la venta ambulante de frutas en ferias y mercados y sufrir los malos tratos de un marido alcohólico y unos hijos rebeldes de los cuales no pudo hacer carrera. Cuando Panocha se quedó definitivamente en su casa, recibió del niño todo el cariño que la vida le había negado hasta entonces. A los siete años le matriculó en un instituto próximo a su domicilio al que le iba a llevar y a traer todos los días. El niño, rebelde al principio aprovechaba el menor descuido de su abuela para hacer novillos y marcharse a jugar junto a las vías del tren en las proximidades del Ramón y Cajal. Le encantaba colocar cualquier objeto metálico sobre la vía, esperar que pasase “el cercanías” y recoger el objeto aplastado que pasaba a formar parte de su colección. A Panocha le fascinaban los trenes y soñaba con verse al mando de una moderna locomotora del TALGO. Cuando se enteró que nunca podría ver su sueño hecho realidad si no completaba sus estudios, dejó de faltar al colegio y esto supuso un descanso para la buena mujer que vio que el niño se encauzaba en una dirección correcta. Cuando Panocha salía de clase, a las tres de la tarde, se encaminaba ya solo a su casa. Su abuela nunca estaba a esas horas y era la vecina de enfrente quien le abría la puerta. Panocha encontraba la comida, siempre fría, encima de la mesa y después de comer se colaba en la estación de metro de Valdeacederas para terminar exhibiendo su arte en la calle de Preciados en la confluencia con Mesonero Romanos.

         Panocha solamente tenía un juguete, la exigua economía de su abuela tampoco daba para más. El juguete consistía en un palo del que colgaba en un extremo un cordel de bramante de un par de metros de longitud al final del cual se enganchaba una bola de madera decorada con purpurina de colores. Dicha bola, del tamaño de una pelota de tenis, tenía un agujero en la parte opuesta a donde se enganchaba la cuerda. El arte de Panocha consistía en lanzar la bola a lo alto, luego pegaba un tirón seco del palo y la bola quedaba unida por el agujero al extremo de éste como atraída por un imán. Panocha no recordaba cuando había sido la última vez que falló el lanzamiento. Con el tiempo había conseguido alcanzar una notable habilidad y contaba en su representación un abundante repertorio de variaciones, haciendo girar la bola en horizontal o vertical alrededor del palo o de sí mismo. haciéndola rebotar en el suelo o en una pared cercana antes del acoplamiento. Logró hacerlo incluso con los ojos cerrados. El público rodeaba, curioso, al niño observando cada truco y aplaudiendo la ejecución. Luego al final le tiraban algunas monedas que Panocha recogía rápidamente. Después, ya en su casa, reparaba con mimo todos los arañazos y golpes que la brillante pelota hubiera recibido volviéndola a dejar impecable para la siguiente representación. El “bolinche”, así lo llamaba, era su único juguete y ejecutando su arte, Panocha se sentía realmente importante.
         Aquel día Panocha recogió, como de costumbre las monedas con que su público le había recompensado, no más allá de unos tres o cuatro euros. Entonces se fijó en una niña, no mayor que él que le había estado observando maravillada. La niña, apuntándole con su manita, susurró algo imperceptible al oído de la señora que le acompañaba. La señora se dirigió al muchacho:
‑Es muy bonito tu juguete. ¿Dónde lo has comprado?
‑No lo sé –respondió el aludido‑ lo tengo desde hace mucho tiempo.
‑Mira, a mi hija le ha gustado tu juguete, ¿porqué no me lo vendes? Te daría más dinero del que sacas pidiendo.
‑Es que yo no estoy pidiendo ‑ontestó el niño bajando la mirada‑.
‑No mientas, he visto como recogías las monedas que te arrojaban.
‑Ya, pero yo no lo hago por dinero… Solo que me gusta que me vean y me aplaudan.
‑Mira, te hago un trato –insistió la mujer‑, te doy… ¿te parecen bien cuarenta euros?
‑Es que no necesito tanto dinero –aclaró el niño deseando que la conversación terminara cuanto antes‑.
‑Bueno, ‑replicó la mujer visiblemente contrariada‑. ¿Y si además te regalo esta “Nintendo”? Mi hija apenas juega con ella. Mira que bonita es, tiene la pantalla de colores. Seguro que ninguno de tus amigos tiene una igual…
Panocha retiró suavemente la mano que le instaba a coger el juguete mientras negaba con la cabeza. Su interlocutura que no esperaba esta respuesta le miró confusa.
‑Pero… ¿por qué?
‑Es que yo… sí  juego con mi bolinche, además con eso nadie me miraría aunque lo hiciera muy bien y además mi bolinche no gasta pilas y si llego a casa con ese juguete tan bonito igual mi abuela se cree que lo he robado y seguro que me iba a castigar, además…
‑¡Basta ya de “ademáses”! ‑la paciencia y la argumentación de la señora se habían derrumbado bajo los argumentos del pequeño‑. ¡Eres…eres un…!
Agarró a la niña de la mano que de repente rompió en un desconsolado llanto mientras Panocha observaba como se alejaban. Panocha no estaba preparado para ver llorar a la niña y sintió como se le encogía el estómago. No se habrían alejado una veintena de metros cuando el niño salió corriendo hacia ellas. Se les acercó por la espalda y tocó con su mano el hombro de la chiquilla que se volvió sobresaltada.
‑Toma, para ti, te lo regalo. Pero no llores...
Panocha se dio la vuelta y salió corriendo, como si tuviera miedo de arrepentirse, una vez que la pequeña mano de la asombrada niña hubiera agarrado el preciado juguete.
‑Pero… ‑replicó la no menos asombrada madre‑ ¡espera, no te vayas! ¡Coge al menos el dinero! Nena, dile gracias…
Pero Panocha no escuchó nada. Siguió corriendo y cuando creyó haberse alejado bastante se dio la vuelta para observar como su juguete se movía torpe en las manos de su nueva dueña.

A la mañana siguiente los empleados del servicio municipal de limpieza del Ayuntamiento no repararon que, en una papelera de la Puerta del Sol, perdido entre papeles, cartones y vasos de plástico había un palo de cuyo extremo pendía un cordel al final del cual se enganchaba una pelota pintada cuidadosamente de purpurina.  

 

martes, 11 de diciembre de 2012

Barrendero de Navidad

Barrendero de Navidad.

Empujó el carro hasta la siguiente esquina y continuó su trabajo maldiciendo entre dientes. Odiaba esas fiestas que solamente significaban más gastos y, sobre todo, mucho más trabajo. Como todos los años se había gastado más de lo que su sueldo recomendaba en lotería y, como todos los años, había vuelto a perder. Jugaba siempre su terminación favorita, en siete y, una vez más, la suerte había caído en un pequeño pueblo manchego del que nunca había oído hablar. Odiaba ver a los nuevos ricos brindando en el bar de la plaza ante las cámaras de la televisión. Pero eso fue ayer. Si hubiera sido él el premiado, ahora no estaría barriendo la maldita porquería a las dos de la mañana de una madrugada desierta en vísperas de Nochebuena. Miró hacia el fondo de la calle atraída su atención por el monótono canturrear de un borracho que llegaba en dirección a él dando tumbos entre los vehículos aparcados a ambos lados de la calle. El hombre parecía feliz a pesar de lo que era. Un puto y jodido mendigo con la cara sucia, las ropas raídas y con una botella de vino casi vacía en la mano. Odiaba a esa gente, pensó. Bueno, a decir verdad, odiaba a todo el mundo. Odiaba a sus padres, a su mujer y a sus hijos que solamente sabían comer dormir y cagar. El borracho ya estaba a su lado y sonrió mientras levantaba la botella en un ridículo brindis. “¡Salud colega, y Feliz Navidad!”-, dijo con la voz pastosa por el alcohol. “Yo no soy el colega de ningún hijoputa borracho”, le contestó él mientras apoyaba una mano en el escobón y la otra en el carro de las basuras. Su actitud, inequívocamente retadora en ademán de interrumpir el paso al borracho. El otro le miró seriamente. “No hay problema, colega, ya me abro por la otra calle”.
-         ¡Te he dicho que no soy el colega de ningún hijoputa borracho!, -le contestó, mientras dejaba caer el enorme cepillo al suelo.
-         Oye, que no quiero problemas. Estamos en Navidad y…
-         ¡Me cago en la puta Navidad! ¡Me cago en tus muertos y me cago en ti!

Pegó un empujón al hombre que dejó caer la botella al suelo.
¡Imbécil! ¡Mira esa botella rota! ¡Borracho de mierda! Vas a recoger esos cristales si no quieres que te rompa el alma.
Yo… lo siento. Me empujaste y… No pasa nada, colega, déjame la escoba que yo te ayudo…
¡Te dije que no soy tu colega. La ira se le había desbordado. Golpeó con furia al borracho en la cara que cayó sobre la mezcla de vino y cristales rotos. ¡Te he dicho que no soy el puto colega de ningún puto borracho, -continuó mientras pateaba el cuerpo del hombre que, encogido en el suelo trataba inútilmente de  protegerse de los golpes de su agresor. Luego se cansó cuando el hombre dejó de moverse dejándole  tirado en medio de la calle. No había testigos y si ese gilipollas moría, le habría hecho un favor. Mañana la prensa dirá que un mendigo ha sido atacado por una banda de rapados. No le importaba. Recogió el escobón y empujó el carro sin detenerse ni mirar atrás hasta cruzar dos calles y entrar por la tercera a unos cientos de metros donde había tenido lugar la pelea. Después oyó unas sirenas, policía o ambulancia, que anunciaban que ya habría sido encontrado el infeliz. Le daba igual. A él todavía le quedaban algunas calles por barrer y era poco probable que el inspector de limpiezas pasase aquella noche por allí. Un barrio de las afueras lejos del centro. Sin tiendas, turistas ni luces de colores. Eran poco más de las tres de la mañana y a las cuatro terminaba su turno. El tiempo justo para barrer esa calle y dirigirse con sus cubos hasta el camión que le esperaría unas calles más abajo. Siguió con el barrido ignorando la suciedad que quedaba entre los coches aparcados. Escuchando el monótono “ris-ras” de su cepillo al pasar sobre el asfaltado de la vía tenuemente iluminada por la luz de una luna llena que se destacaba sobre el cielo. Entonces fue cuando su atención volvió a alejarse del maldito ris-ras. Una pequeña figurilla, de esas de los belenes, destacaba con nitidez en medio de la suciedad arrastrada por las cerdas de su escobón. Se agachó para mirarla más de cerca. Efectivamente, una figurita de terracota que representaba una vieja barriendo. Incluso él se percató de que su estilo no era el habitual. A pesar de su tamaño, no mayor que la palma de una mano, sus detalles destacaban por su perfección. Las manos huesudas empuñando el palo, sus ropas negras y el mandil blanco, su pelo cano enmarcando una cara sucia, con la boca entreabierta dejando asomar unos pequeñísimos dientes. Pero lo que más llamó su atención fue la profundidad de su mirada. El artista no se había limitado a pintar los ojos sobre la cara. Había incrustado dos pequeñas piezas de nácar a las que había adherido dos minúsculas motas de algo que podría ser ébano. De esta manera los ojos de la vieja barrendera parecían tener vida propia. Mientras la miraba, a la luz de la luna llena, hubiera jurado que la vieja le sonreía. Conocía a un anticuario en la zona de Lavapiés, cerca del rastro, que en alguna ocasión le había dicho que si encontraba alguna cosa que pudiera considerar de valor entre las basuras, no dudase en  enseñársela. Él se la tasaría y es probable que ganase algún dinero. En dos ocasiones le había llevado unos viejos muebles pero carecían de valor. De todas formas, había recibido un par de billetes por la molestia. En esta ocasión parecía distinto pues la pequeña figurilla era, evidentemente valiosa. Se la metió en un bolsillo. Quizás el viejo no estuviera en la tienda mañana pero, después de Navidad iría a verle con su pequeño tesoro.
            Estuvo puntual como siempre, para cuando llegase el gigantesco camión que recopilaba los cubos repletos de tierra, papeles y vidrios. Saludó al conductor sin prestarle apenas  atención.  “Ha habido jaleo en la zona. Un borracho ha sido apaleado y muerto por los rapados. Una paliza brutal”, le dijo. “No te enteraste de nada? ,-continuó-, fue en tu zona...” Él se limitó a responder con un “estaría barriendo otra calle”. Luego encogió los hombros en ademán de indiferencia y se calló. El conductor arrancó el vehículo que se perdió en la oscuridad de la noche.
Llegó a casa casi a las seis de la mañana. Al abrir la puerta, como siempre, la luz de la cocina estaba ya encendida. Su mujer le preparaba una cena caliente antes de acostarse y de  partir a su trabajo como dependienta en unos grandes almacenes. Ella le miró en un intento de encontrar la palabra amable que hacía años había perdido. “Cariño, ayer los niños colocaron el Belén y esperaban que les pusieras hoy las luces. Están muy ilusionados. Ya lo tienen todo colocado y…
Él no hizo caso de la conversación. “Mierda para el Belén, mierda para los niños y mierda para ti”, contestó mientras engullía un pedazo de chorizo frito. Déjame en paz con tus belenes y ya le puedes decir a los mocosos que se estén callados. Tengo sueño y quiero dormir…
-         Les iba a llevar a casa de mi madre, replicó ella sin ganas de una discusión que podría terminar a bofetadas. Cenaremos allí esta noche, continuó. Si quieres te voy a buscar cuando salgas…
-         No quiero nada. Solamente quiero dormir sin que me molestes. Vete a donde te de la gana…
Ella no replicó. Rápidamente limpió y recogió los platos mientras él se dirigía a la habitación. Pasó al baño y se quitó los pantalones antes de orinar. También se quitó la camisa y la chaqueta de su mono de trabajo que dejó tirada junto a la bañera. Entonces recordó la pequeña figura que había encontrado aquella noche. Continuaba en el bolsillo de su pantalón. A la luz de las bombillas la mirada de la vieja parecía todavía más real.  Se dirigió a la habitación. Encima de la mesilla estaba toda la tira de boletos del sorteo de Navidad. En caso de haber sido premiado hubiera ganado dos millones de euros que le hubieran permitido vivir sin trabajar el resto de su vida. Colocó la figura sobre los billetes. Bajó la persiana casi del todo hasta que solamente un rayo de luz de luna penetró a través de los cristales iluminando la vieja barrendera haciendo que su figura alargada se proyectase sobre los inservibles boletos de lotería. Un minuto después dormía con la mirada de la vieja entremezclándose con sus sueños.

No supo cuanto tiempo había pasado pero se despertó con el ris-ras del cepillo resonándole en sus oídos. Miró hacia la ventana. Por la luz que entraba supo que ya era completamente de día. Se frotó los ojos para desperezarse pero el maldito ris-ras no desapareció. Lo escuchaba nítidamente, como si el cepillo estuviera allí mismo barriendo la calle. Miró alrededor y la habitación estaba desierta. Notó una extraña calma solamente interrumpida por el ruido del cepillo. Pero allí no había nadie. El sonido parecía proceder de la mesilla. Miró en esa dirección y su sangre pareció helársele en las venas. La figura de la vieja había adquirido vida propia y estaba barriendo la superficie de los billetes no premiados. Pensó que seguía dormido. Se levantó y encendió la radio que en esos momentos emitía un popular villancico. La vieja, indiferente a todo, continuaba su barrer incesante y de pronto supo que no era un sueño. El milagro se estaba produciendo. Cada vez que la vieja pasaba la escoba por los números impresos de los billetes, la tinta de éstos parecía disolverse, transformando cada billete que barría, en un número distinto. Lo identificó de inmediato. Era el que la suerte había querido que resultase agraciado con el premio mayor de aquel año. Volvió a mirar, hipnotizado, el barrer de la vieja, el monótono y repetitivo ris-ras que modificaba cada billete inútil en un billete lleno de valor. La vieja ya había cambiado nueve billetes y estaba barriendo el último. Él, sentado sobre la cama, la dejaba hacer. Cuando ella finalizó volvió a la misma posición inerte en la que la había encontrado.  Acercó la mano temblorosa a los billetes de lotería. Estaba claro que el número había cambiado y que el nuevo billete transformado por la escoba de la vieja estaba premiado. Premiado con dos millones de euros. Levantó la figurita con cuidado. Todavía no esta seguro de que todo hubiera sido un sueño. Con la figura en la mano se dirigió hacia la ventana para abrirla. Subió la persiana y la luz del sol de invierno inundó la habitación. Sintió el aire frío sobre su cuerpo pero la sensación de vida le resultó agradable. El ruido de la calle era evidente. Bajaría de inmediato al banco e ingresaría el premio. No quería que nada pasase. Se sentó sobre el borde de la cama para empezar a vestirse. Todavía tenía la figura entre sus dedos. Miró los ojos brillantes. “Buen trabajo, vieja”, musitó entre dientes. Fue entonces cuando la figura volvió a moverse entres sus dedos. “Mi trabajo, mi trabajo, todavía no está terminado”. La figurita pronunció estas palabras mientras caía al suelo. Él se echó  hacia atrás y sus manos aferraron la almohada. Sus ojos se desorbitaron cuando vieron que la vieja se levantaba del suelo y saltaba hacia su cuerpo. Fue como si le hubiera golpeado un mazo que le derribara sobre la cama. Cayó hacia atrás y la figura se colocó encima de él mientras una carcajada helada retumbaba en sus oídos llegando hasta lo más profundo de su cabeza. Intentó levantarse pero el peso de la barrendera se lo impedía.  Quiso quitarse la figura de encima pero al agarrarla su mano se retiró como si su atacante estuviera hecha de ardiente plomo fundido. La vieja empezó a barrer sobre su pecho y volvió a sonar el maldito ris-ras. Gritó  una, dos veces y su voz sonó apagada. Supo que nadie le oiría. La vieja seguía barriendo: ¡Ris-ras, ris-ras! Justo sobre su corazón. Entonces comprendió. La maldita bruja, con su escoba le estaba barriendo la sangre de las venas y, supo que iba a morir...

- Infarto de miocardio, lo siento, dijo el doctor responsable del servicio de urgencias.  Debió ser esta mañana, a eso de las doce pero la autopsia lo confirmará. Señora, lo siento, repitió. Si puedo hacer algo por usted…
- No lo sienta. Era una bestia que nos maltrataba. No soltaré ni una lágrima por él. Para nosotros ha sido un alivio.
El médico se encogió de hombros sin saber qué decir. Pocas veces había recibido una respuesta tan sincera, tan llena de liberación. Recogió su maletín mientras que el juez de guardia levantaba acta de la defunción. Se sentó en una silla junto a la mesilla de noche. Su mirada se desvió hacia ésta y hacia los billetes que en ella estaban. No estaba seguro pero ese número le resultaba demasiado familiar.
            Señora, tiene usted aquí unos billetes de lotería. ¿Los ha comprobado?
No, no los he mirado. Mi marido era muy aficionado al juego. Pero… ¿Qué está mirando?
Nada, contestó él. Esa figurita. Parece sacada de un Nacimiento. ¿Me permite que la coja? Es terracota pero está muy bien elaborada. Tiene una mirada extraña que parece darle vida. Es un hombre. Un borracho, diría yo. En sus manos parece llevar una botella de vino…



sábado, 27 de octubre de 2012

Cuento de halloween

Asesinato En Halloween.
Dedicado, con cariño, a todos los integrantes de www.mundoliliput.com
Los doce se hallaban sentados alrededor de una mesa ovalada. El que ocupaba la cabecera y que parecía ser el jefe, fue el primero en hablar.        ‑Señores de este honorable consejo de estudios. Gracias por asistir a esta junta extraordinaria pero creo que el caso es lo suficientemente grave como para haberla convocado. Todos ustedes conocen la realidad. Nuestra situación en las aulas resulta insostenible. Los alumnos están cada vez peor educados, cada vez más consentidos.  Sufrimos agresiones diarias, las faltas de respeto son intolerables. No contamos con el apoyo de los padres ni del Ministerio. Un discurso políticamente correcto, impide que castiguemos con la severidad necesaria las faltas al orden. Todos los aquí presentes hemos sufrido en algún momento graves agresiones por parte de algunos alumnos y nuestros intentos de denuncia han sido siempre infructuosos.  Ahora, uno de nosotros, expondrá el motivo que le ha traído hasta este lugar. Escucharemos este suceso y tomaremos nuestra decisión. Hemos sido víctimas, ahora somos jueces y, llegado el caso, seremos verdugos. Nuestra compañera Inés, profesora de filosofía será quien nos exponga la última y gravísima agresión sufrida
            Se levantó una joven de unos treinta años. No demasiado alta pero morena y atractiva. Sus ojos, ocultos tras unas gafas oscuras que no lograban ocultar unas profundas ojeras que evidenciaban muchas noches sin dormir. Bebió un sorbo de agua, tragó saliva y comenzó su relato:        ‑Sucedió hace seis semanas. Había terminado las clases, ese día tuve seminario y salí más tarde. Por la mañana había expulsado a ese chico, todos ustedes saben quién es. Un joven de dieciséis años. Sus padres son una familia acomodada y el chico gasta más dinero en un fin de semana que el que podemos ganar nosotros en un mes. Todos hemos padecido a este joven. Ese día salió a la pizarra. Le formulé una pregunta, no recuerdo sobre qué. Su respuesta me dejó helada.
            ‑ ¿Qué fue lo que le contestó el chico? –preguntó uno de los profesores.
            ‑Lo recuerdo bien. Una grosería que el respeto a este claustro me impide repetir.
            ‑Es importante, Inés. Sabemos que no es fácil pero, si tenemos que tomar una decisión transcendental para todos nosotros, debemos contar con la información completa. Continúe, se lo ruego.
            ‑Está bien –respondió la aludida‑, el chico me miró a los ojos y dio dos pasos hacia mi. Yo mantuve su mirada a pesar del nerviosismo que me atenazaba. De un rápido movimiento me puso su mano en el pecho, tiró de mi blusa arrancándome los botones. ¡Puta! –gritó, ¿Por qué no me la chupas a ver si así aprendo algo?  Salí corriendo de la clase entre una algarabía de gritos y risas. Estuve toda la mañana llorando. Luego, por la tarde vino lo peor. Él me estaba esperando cerca de mi casa. No se, creo que me siguió. Estaba allí con otro amigo. Me hicieron subir a un vehículo.Tuve que masturbarles mientras era vejada en lo más íntimo de mi ser. Luego me dejaron medio desnuda en la calle. Presenté denuncia pero no sirvió de nada. Sus padres juraron que el chico esa tarde estaba con ellos y no había salido de casa. Ellos me denunciaron por acoso a un menor. El Ministerio me ha abierto un expediente y en estos momentos estoy a la espera de juicio.
            ‑Bien, conocemos los hechos… ¿Cuál es el veredicto?
Fueron doce los votos, los doce de culpabilidad. Todos los componentes de la mesa se ofrecieron como ejecutores de la sentencia. Todos ellos, habían sufrido en alguna ocasión la brutalidad del adolescente. El director del centro volvió a tomar la palabra.
            ‑Así pues la sentencia está acordada, pero ¿todos ustedes tienen claro la responsabilidad que asumen como ejecutores? Si el autor es descubierto por la policía y declarado culpable, pasará al menos veinte años de cárcel. Pérdida de la profesión, de la familia y amigos. Después…
            ‑Quiero hacerlo ‑interrumpió Inés‑. Llevo, en este colegio cinco años como profesora, y, desde hace tres tengo la sensación de estar ya condenada a prisión. Ese chico, ese bárbaro me ha violado una vez y ha salido indemne  ¿Quién me garantiza que pasado mañana no vuelva a pasar lo mismo? Alguno de ustedes ha sufrido su vandalismo. Les han pinchado las ruedas de sus vehículos, les han roto las ventanas de sus casas. Están sufriendo llamadas y amenazas telefónicas. Compañeros… Si esto no es una cárcel, se le parece bastante. Mi agresión ha sido la última y ha sido la más grave. Ruego a este Claustro, me conceda el privilegio de llevar a cabo la sentencia.

            Decidió esa noche como la mejor para llevar a cabo sus planes. Noche de fiesta gracias a la globalización que había traído entre otras cosas fiestas ajenas a la tradición. El Halloween se había implantado cada vez con más fuerza. Máscaras, esqueletos, calabazas y velas de colores habían tomado la noche de ese primer día. A Inés no le resultó difícil conocer los planes del reo. Esa noche iría a celebrar un baile de muertos a una de las discotecas de moda. Ir disfrazada dificultaría ser reconocida en caso de que la policía tuviese sospechas. Buscó un traje que ocultase sus formas femeninas. ¿Qué mejor que el de la propia Muerte? Se puso el manto pardo y una careta de látex. Antes de salir de la vivienda se miró al espejo para comprobar que era absolutamente irreconocible.  Debajo de aquel manto que le tapaba hasta los pies, nadie podría diferenciar a un hombre de una mujer. Debajo del manto, ocultaba dos cosas. La primera un pequeño revólver calibre 22 que no le había sido difícil conseguir tras unas pesquisas en los bajos fondos de la ciudad. La segunda, era su plan de huida . Una vez disparada una de las cinco balas que contenía el arma, huiría en dirección al tumulto. Contaba con que el factor sorpresa le diera unos segundos de ventaja sobre sus seguidores. La detonación pasaría inadvertida entre los cientos de petardos estallados en esa noche. Después se ocultaría entre la muchedumbre. Se libraría del manto y de la careta de látex. Sus manos enguantadas no dejarían huellas en el arma. Debajo de ese camuflaje un discreto y vulgar disfraz de esqueleto como cualquiera de los que esa noche saldrían a cientos, la haría regresar a su domicilio, esperaba, sin demasiados problemas.

            Los dos ancianos miraban entre divertidos y curiosos el panorama que ante ellos se ofrecía. Apoyados en uno de los vehículos aparcados en la zona. Sus ojos, miraban, no sin cierta nostalgia las caras de los numerosos jóvenes que deambulaban alegres. A pesar de su edad, mantenían porte altivo tras los antifaces negros que ocultaban sus rostros. Vestían de manera similar: Sombrero de ala ancha con una enorme pluma, camisa amplia, chaleco y un pantalón bombacho. Todo oculto bajo una enorme capa de seda y lana negras que también tapaba sendos floretes ajustados con un correaje de cuero a la cintura de los dos hombres que conversaban con sus caras escondidas bajo el embozo de la prenda.

      ‑Juan, definitivamente, este ya no es nuestro mundo.
      ‑No, Luís, no lo es. Añoro nuestra juventud. ¡Vaya si las corrimos gordas!

      ‑Y las que correríamos ahora, amigo, con estas mujeres tan faltas de ropa como sobradas de alegría.
      ‑No todas, Luís, no todas. Fíjate en esa figura. Camina oculta por un manto y su aspecto es el de la mismísima parca. Por su  andar yo diría que es una mujer hermosa. Y atormentada. Veo su alma, Luís. Conocía y conozco a las mujeres y ni el mejor camuflaje del mundo puede ocultar sus almas ni sus intenciones. Ella lleva la muerte en su disfraz y la lleva en su corazón. Sigámosla amigo. Creo que veremos algo interesante.
      ‑Vamos, pues,  tras ella, amigo Juan.

                        Inés se dirigió al grupo de jóvenes. A pesar de los disfraces reconoció a alguno de sus alumnos de clase. Identificó de inmediato al reo. Su enorme altura, la coleta larga y morena, sus carcajadas y ademanes estridentes le hacían destacar sobre el resto. Empuñó con fuerza el revólver con las cinco balas en el tambor y el gatillo amartillado listo para disparar. Estaba junto a ellos y alguno la miraba con indiferencia. De un gesto rápido quitó el antifaz a la víctima. No quería errores. Miró la cara  del chico y una mirada de horror apareció en sus ojos cuando vio que el arma le apuntaba directamente a la cara. A pesar de la brutalidad con que había sido sometida tan solo unos días atrás, un atisbo de misericordia cruzó por su cabeza. Quizás ese chaval mereciese una segunda oportunidad. Dudó un instante mientras bajaba el revólver. El tiempo justo para que el amenazado , le agarrase fuertemente de la muñeca en un intento de arrebatarle el arma. No supo cómo fue, pero un fogonazo salió de la boca del cañón. Sintió su mano libre y vio caer, lentamente a su víctima con un pequeño orificio en la frente por el que caía un reguero de sangre. Aprovechó la confusión para emprender la huida  pero su carrera apenas duró unos segundos. El tiempo justo para ser interceptada por uno de los vigilantes de seguridad de alguna de las discotecas de la zona que había presenciado todo el suceso. Inés sintió que el alma se le venía a los pies. Nadie creería su versión. Pretendió zafarse en un último y desesperado intento de huida  pero el hombre era mucho más fuerte que ella. De pronto dos personajes interrumpieron la escena. Uno de ellos gritó mientras que el otro desenvainó una espada que apuntó de inmediato al cuello del hombre que la sujetaba. Para que no hubiese duda de sus intenciones presionó ligeramente sobre la piel y un fino hilo de sangre manchó el uniforme del vigilante.
      ‑Muchacho, no hablo en broma. Suelta a esa mujer si no quieres que te atraviese.
      El aludido, desconcertado, soltó la presa. El otro, con una agilidad y una fuerza inesperada para un hombre de su edad, la tomó en brazos.
‑Luís, mantén bien quieto a ese sujeto. Dame unos minutos y luego déjale ir. No le mates… Si no es necesario.
                        De una rápida carrera se alejó de allí. El de la espada permaneció impávido, como si la cosa no tuviera la menor importancia. Repentinamente pegó un inesperado empujón al hombre al que amenazaba. Éste se trastabilló hacia atrás sorprendido, hasta caer sobre un grupo de chavales que entre curiosos y asustados observaban la escena. Un par de empujones más, le abrieron paso entre la gente y, de una rápida carrera, se perdió entre las luces de la ciudad.

            Cuando llegó al lugar de la cita, no pudo por menos que esbozar una sonrisa. Su amigo Juan permanecía de rodillas mirando a la mujer que, sentada en un banco, se dejaba cautivar por una mirada profunda. Y unas palabras que la mantenían ensimismada. Una carcajada de Luís, interrumpió a Juan que en ese momento decía, casi en un susurro: “…No es verdad, paloma mía, que están musitando amor...”

            ‑¡Vive Dios, don Juan, que sois poco original! No escarmentáis. Dejad a esa mujer que ya el cielo nos llama. Llega la alborada, la noche de difuntos se acaba y el cielo nos espera.
            ‑Unos instantes, más, amigo Luís. El tiempo justo para despedirme. ¿Cómo os llamáis, señora?
Inés, me llamo Inés ‑apenas pudo musitar ella.
      ‑Inés, os esperaré siempre. Os esperaré…

            Fue lo último que dijo, besó la mano de ella, esbozó una sonrisa y ambos amigos se perdieron entre una espesa niebla aparecida de la nada.

Nota del autor a sus lectores.
El cabrón del niño murió. En estos momentos ocupa una caldera individual, con vistas al Purgatorio y en ella permanecerá durante toda la eternidad. ¡Que se joda!