martes, 14 de agosto de 2012

Romance del muy audaz caballero Gordillo

Fue en la villa sevillana, de nombre Marinaleda, do sucedieron los hechos queste juglar compusiera.

Que un caballero importante
de fuerza y valor probadas
reunió a doscientos vasallos
Y les dijo esta comanda.
“¡Vasallos y servidores,
estamos en vacas flacas,
en las tierras no hay trabajo,
no hay pitanza en la nevera
no hay voltios en los enchufes
Ni doblón en faltriquera.
llamemos pues a los medios
Quelos deben d´informar
Lo que nuestras huestes hagan
En Mercadona lugar.
Ques un sitio muy fascista,
Do pagan por trabajar”.
Llamó pues al escudero,
quera alguacil muy capaz
“Mientras vos haceis las citas,
yo marcharé un rato al bar,
que antes de la refriega
tengo mucho que almorzar…”
Mientras el alguacil cumplía
El encargo que le daban
el caballero Gordillo
el de las cejas muy juntas,
el de la barba cerrada,
el de las carnes muy magras
incrementó las sus grasas
con café, leche y tostada
pincho de lomo adobado
y orujo que desengrasa
ayudando a digerir
questa comida tan parca.
Eructó el hombre dos veces
limpiose la su papada,
dejó de propina un euro
que no es propina muy mala.
Y entrados en el asunto,
fue la hora de algarada.
marcharon al dicho sitio
reunida ya la mesnada
diciéndole al vigilante:
“Aquí no vigilas nada
que voy a tomar el mando
porque así el pueblo lo manda”.
El hombrre de Prosegur,
Viendo lo que avecinaba
Quitó su gorra de plato
Dejó su porra y su chapa
de allí se alejó silbando
que allí no pasaba nada…
Los doscientos hombres fuertes
agarraron los carritos
y al grito de “Sus y a ellos”
limpiaron el chiringuito,
Uno busca congelados
Otro leche desnatada,
Otro mantequilla y huevos
Otro aceite pa ensaladas
Y Gordillo alcalde fiero,
Les grita “démonos prisa,
Que yo me quedaré fuera
Questo me da mucha risa.
Entretanto una doncella
se enfrentó a los valerosos
“¡Se salen todos afuera!
¡Joder, que parecen osos!”
Los fornidos bandoleros
Empujaron a la dama
y fuera un lugarteniente
quien al Sánchez preguntaba
“Mi señor, puestos en estas,
¿Podremos luego violarla?”
Nueve fueron los carritos
Que dentre todos sacaran
Mientras las televisiones
toda la escena grababan
para variar la parrilla
de londinense olimpiadas.
Así el hombre valiente
Con hoz y martillo en pecho,
Con la kufiya en la frente,
Dio por terminado el hecho.
Salió en las televisiones
Para que viera la gente
lo que hacen los que mandan
cuando se tienen razones
que en lugar de las neuronas,
se basan en los cojones.




lunes, 6 de agosto de 2012

GLOBALIZACIÓN RESORT

Globalización Resort.
Nada más entrar en el hotel me percaté de que, sus instalaciones eran magníficas. Ya lo adelantaba su página en Internet. “A 150 m de una espléndida playa el hotel “Marsalada Beach Resort” cuenta con todas las instalaciones necesarias para lograr que sus vacaciones resulten inolvidables. Seis piscinas, sala de cine para 50 personas, gimnasio, spa, talasoterapia y una amplia variedad de masajes impartidos por personal especializado. Durante todo el día un grupo de animadores hará las delicias de nuestros clientes y por la noche, en la sala Belvedere podrán disfrutar con una amplia variedad de shows, para todas las edades. A las 12 de la noche, baile con música en directo por la orquesta “Midnight Dream” que acompañará a la fabulosa vocalista Silvana. El servicio “todo incluido” le permitirá disfrutar de nuestro restaurante Buffet “La Boullavaise Feliz” o comer a la carta en cualquiera de nuestros restaurantes especializados en comida japonesa, mexicana, francesa o italiana. En la piscina “Lago de la Sirena” podrá degustar, sin salir del agua, su bebida preferida en el snack bar Neptuno. Todo el hotel y personal están especializados para que usted y los suyos pasen unas vacaciones inolvidables sin necesidad de salir de nuestras instalaciones…”

De eso hacía ya cuatro días durante los cuales mi mujer y yo pudimos comprobar la realidad de todo lo anunciado. Todavía nos quedaban diez días más de vacaciones y fue ese sábado cuando decidimos realizar una escapada nocturna al pueblo más cercano. “Cenaremos en algún restaurante del paseo marítimo, Cari, y luego podremos tomar un pelotazo en alguna disco de la zona, -le dije a mi mujer mientras subíamos a recepción para que llamasen a un taxi-. La señorita de recepción, lucía en su impecable uniforme un distintivo en el que se podía leer: “Gedra Freshnner”. Gedra nos miró la pulsera de plástico que nos pusieron a nuestra llegada que confirmaba que éramos clientes del hotel con derecho a “todo incluido” y una amplia sonrisa iluminó su cara.
-¿En que puego segvigles? –Dijo con un evidente acento alemán.
-Eh… Bueno, ¿Podría llamar a un taxi?
-Mmm. ¿Un tagxi?
-Si, -respondí-. Es que queremos salir a dar un paseo esta noche. Hemos pensado cenar fuera y…
-¿Un tagxi? –Volvió a preguntar ella sorprendida-.
-Si, eso, un taxi. Un coche de esos blancos con una raya colorá que te llevan a donde les pidas.
La cara de Gedra cambió instantáneamente.
-Pegdon, señog, pego sé pegggfectamente lo que es un taxi. Lo que no entiendo es paga que necesitang un tagsi. Ustegues no se van hasta…. dengtgo de diez dias y además el turopereitor tiene un magnífco bus paga guecogegles y llevagles al aegopuegto. Yo… Disculpe pego no compgerendo nada. ¿Están ugstegdes desacontentogs con el segvicio del hotel?
-No, estamos encantados. Todo es precioso, -contesté con paciencia. Lo que pasa es que esta noche, mi mujer y yo queremos cenar en el pueblo y…
-Pego… Ustegues tienen pulsega y eso quiegue decig que gozan del “all Included”. Todo pagado en el hotel. No tienen necesidag de gastag sus iugos. ¿Es que no les place nuestgra comida?
En ese momento, Gedra empezó a hacer pucheros y una lágrima resbaló por su mejilla.
-¡Oh, si! Todo es magnífico –reiteré-.
-Pues entongces… -y paró de hacer pucheros-. ¿Pog qué quieguen ig a cenag fuega? Tenemos nuestros guestaugantes a su disposición. All included ¿Guecuegdan? Sin gastag sus iugos.
-Ya, pero… nos apetece dar un paseo, luego tomar una copa…
-¿No le aggada nuesgtro show? Tieneng todo tipo de bebigdas en elg bag. Esta noche el grupo “Beijing Magic les sogprendegá. Son seis, seis… Mmm. ¿Cómo se dice…? ¡Equilibrigstos! ¡Oh, si! No se lo pueguen unstedes pegdeg… Son ellos magníficos y ellas muy guapas que guealizan ejejcicios sobre cuegda floja miengtras con boca sujetan papagayo de Siam con jaula y todo…

Cari tiró suavemente de mi brazo.
-Es igual, Cari, me dijo, no podemos hacerle esto a Gedra. Ya saldremos mañana. Hoy me apetece ver a esos equilibristas pequineses con su papagayo siamés.
El espectáculo no estaba mal, reconocí. Pero yo hubiera preferido cenar fuera esa noche. Mañana, le dije a Cari, saldremos pero, para evitar problemas buscaremos un taxi nosotros mismos. Se ve que esa Gedra tiene mucho cariño al hotel.
Si, Cari, -respondió Cari-. No es necesario disgustarla.

El día siguiente, a las nueve de la noche, Cari y yo, perfectamente arreglados, nos disponíamos a salir por la amplia puerta giratoria del hotel. A mitad del recorrido la puerta se detuvo. Empujé decidido la hoja giratoria pero, inexplicablemente la puerta giró en sentido contrario al esperado. Caminamos unos pasos hacia atrás hasta volver al hall donde una Gedra sonreía inquisitiva.
-Mmm. Pegdon. ¿Puedo ayudagles?
-Si, gracias, Gedra. Es que la puerta se ha estropeado. Intentábamos salir al exterior y…
-¿Salig al egsteriog? ¿Pog qué quieguen salig al exteguiog?
En esta ocasión, fue Cari la que se adelantó.
-Es que… es que… Querríamos hacer algunas compras.
-Pues pog aquí no se va. Nuestgo centgo comegcial, con tiendas de todo tipo está dos plgantgas más abajo.
Intervine yo decidido a no dejarme impresionar por la recepcionista.
-Ya, pego… digo… pero es que necesitamos… ¡Una farmacia! Quiero comprar mmm. Comprar… ¡Un antiinflamatorio! Me torcí un tobillo esta mañana y ahora me duele un poco el pie.
Gedra tomó su teléfono móvil y gruñó algunas palabras en alemán. Veinte minutos más tarde me encontraba yo en el consultorio médico del hotel. Dos radiografías del pie hechas, una latero-lateral y otra dorso-plantar y mi tobillo envuelto en una apretada venda elástica que juré quitarme en cuanto saliera de allí, además de sendas muletas en mis manos. El doctor Maurice Poirot” sonreía profesional.
“Et… pas de prepocupations pour l´arcent mon cher ami! .  Cést, como siempge All included. ¡Y tomegse la medecin chaque huit  heures! En un pag de diags quiego vegle pog aquí de nuevo.
Escucha, Cari, -le dije a Cari en la tarde del día siguiente-. Tenemos que salir de aquí sin que nos vea esa recepcionista de los co… de los co… Bueno, sin que nos vea Gedra.
-Si, pero, ¿cómo? –Contestó Cari-. Esa mujer permanece siempre de guardia en la recepción. Y no sé si habrá otra salida.
-Tiene que haberla. Una entrada de mercancías y, al menos otra, por la cual entre y salga el personal.

 Cari asintió con la cabeza.
‑Ayer, mientras el doctor  Poirot te vendaba el pie vi una puerta que ponía “Exclusivo para personal del hotel”. Quizás sea esa la salida.
‑Bueno, Cari, nada perdemos por comprobarlo –asentí‑.
Bajamos un piso y dejamos a la derecha el consultorio. Después de un largo pasillo vimos la puerta que buscábamos. Empujamos para comprobar que estaba abierta. Una amplia sala, con dos puertas. Una de acceso a un vestuario de personal y la otra por la que se accedía directamente a la calle. Gedra, apoyada en esta última y con la evidente intención de cerrarnos el paso nos miró fijamente a los ojos. En ese momento me pregunté cuándo había cambiado la sonrisa que presentó el primer día, por esos ojos de teniente de las SS responsable de la seguridad de un lugar como Auschwitz del cual, evidentemente, hubiera resultado más fácil fugarse.
‑Mmm perdón, ‑ije en un susurro‑. ¿El doctor Poirot está por aquí? Es que me duele el pie.
Mientras en mi habitación me quitaba las vendas elásticas por segunda vez pensaba en el dolor de mi trasero originado por la inyección de Nolotil 500 que el matasanos belga me acababa de poner.
‑Escucha, Cari. Esto requiere un plan más elaborado. En algún momento esa mujer tiene que dejar de vigilar. ¿Has hecho indagaciones?
-‑Si, Cari. He recorrido la playa y hacia unos 300 metros por el norte y otros tantos en dirección sur hay alambres de espino y un par de torres con focos iluminando el perímetro. También he escuchado ladrar algunos perros. Y juraría que en lo alto de la torre estaba Gedra mirando con prismáticos de campaña. Escapar por la playa me parece imposible. Recuerdas el estampido que escuchamos esta mañana? Fue el estallido de una mina antisubmarinos. Un turista japonés intentaba alcanzar la libertad a nado. Pobre. Mañana habrá una ceremonia sintoísta en su honor. Será por supuesto, en el restaurante Fuji y en el espectáculo de esta noche se hará una demostración de origama, lectura de haikus y una pelea de sumo. El hotel lo tiene todo pensado. ¿Iremos a la misa del japo? También está en el “todo incluido”.
-‑Si, iremos –respondí‑. Ese héroe merece nuestro homenaje. Después prepararemos la fuga.
La misa, en japonés, duró cerca de cuatro horas tras las cuales Gedra solamente autorizó la salida del cónsul del japón y de su chofer que también asistió a la ceremonia. Después se plantó ante la puerta giratoria para evitar que algunos clientes pudieran abandonar el hotel. Cari y yo nos dirigimos al bar “Ukelele”. Teníamos un plan previsto para salir a cenar esa misma noche. Sería necesario realizar una maniobra de distracción para la cual necesitábamos pedir varios vasos de ron. Tuvimos que apelar a toda nuestra paciencia pues el camarero, un senegalés de casi dos metros y negro como el ébano que apenas hablaba español, se empeñaba en que el ron debería ir acompañado de Coca Cola o al menos, de una rodajita de limón con dos piedras de hielo. Cuando por fin conseguimos que nos trajeran dos vasos de ron sin aditamentos, vaciamos éstos y otros doce más en una botella de cristal que antes había contenido agua con gas, tratando en todo momento, de ocultar nuestra acción a los ojos del senegalés que tras servir cada copa comprobaba, con el protocolo bien aprendido, que llevábamos en nuestras muñecas las consabidas pulseritas del “todo incluido”. Tras llenar la botella acudimos a la boutique “Fashion Genuine” en la segunda planta del hotel.
‑Buenas tardes, ‑dije a la dependienta que nos atendía‑ quisiéramos saber si tienen ustedes trajes de soldado.
La mujer, una argentina alta y delgada de mirada lánguida y cara de modelo de los 60 sonrió profesionalmente afirmando con un leve movimiento de cabeza.
‑Ehh… claro, viite? En nuestra tienda tenemos todo tipo de vestidos y uniformes. ¿Es para la fiesta de disfraces de mañana? ¿Cierto? Y… digame cómo lo preferís vos. ¿Soldado del tercio de Flandes? ¿Husar de la reina? ¿Guerriyero boliviano? ¿Guardia Suíza del Vaticano…?
- Seleccionamos dos clásicos de carapintada argentino. Estaban de oferta pues regalaban la gorra y un par de trozos de carbón de hulla para tiznarse la cara.
Finalmente tuvimos que buscar un encendedor. En el hotel, clasificado para no fumadores, estaba absolutamente prohibido fumar. Y esto incluía desde la entrada hasta dos millas mar adentro. Observando al camarero senegalés comprobamos que tenía una mancha de nicotina en los dientes. Le seguimos un par de horas hasta que le pillamos en los urinarios del spá encendiéndose un pitillo.


‑O nos das el encendedor o se lo contamos a Gedra –le dijimos con aspecto fiero.
Con este último utensilio, que el camarero no dudó en entregarnos aterrorizado, todo estaba preparado para iniciar nuestro plan de fuga. La botella de agua con gas rellena de ron fue cerrada con una mecha realizada a partir del algodón que había desinfectado previamente la parte de mi anatomía que recibió el pinchazo del doctor Poirot. Nos pusimos la gorra y los uniformes, pintamos nuestra cara y en las mochilas colocamos una ropa más adecuada para la cena y unas toallitas desmaquilladoras para, al finalizar, poder retirar el tizne de nuestra cara. Subimos a la recepción y tomamos posiciones nada más salir del ascensor. Cari corrió semi agachada hasta ocultarse detrás de un Ficus benjamina situado entre los ascensores y el Piano Bar que abriría quince minutos más tarde. Yo salté tras el mostrador del mismo, rodé hasta alcanzar el piano de cola arrastrándome entre las patas de éste y el taburete del pianista. Llevaba el Molotov en mi mano y hube de manejarme con cuidado para evitar que se derramase su contenido. El pianista,  un italiano homosexual, acababa de llegar y en esos momentos tomaba asiento dejando sus piernas a unos centímetros de mi cara. Levantó la tapa del piano, colocó la partitura y, como cada noche dio inicio a su actuación, que, inevitablemente comenzaba con un Nocturno de Chopin. Esa era la señal acordada con Cari. Salí rápidamente de debajo del piano, ante la mirada atónita del pianista, al grito de ¡Banzai! con el que pretendía homenajear al heroico “japo” fallecido el día anterior. Con el encendedor del senegalés prendí la mecha de algodón y arrojé la botella hacia el mostrador de recepción en el que esos momentos se encontraba Gedra. Fue una lástima pero estuve a punto de acertarla en medio de la cabeza. La botella se rompió en un fragor de fuego y cristal y algunas sillas, una mesita y un fichero comenzaron a arder. Gedra gritó con eficiencia teutona: “Atchung! Eine commander attack!” De inmediato pulsó un botón y varios chorros de espuma anti incendios apagaron las incipientes llamas mientras que el equipo de mantenimiento y limpieza reparaba condiligencia  los daños sufridos. No importaba, era suficiente para la distracción, pensé, aunque volví a lamentar no haberle atizado en la cabeza a Gedra. Cari ya se dirigía hacia la salida y yo emprendí el mismo camino. Algunos clientes más envalentonados por la acción imitaron nuestro ejemplo emprendiendo una veloz fuga hacia la puerta giratoria. Alguien arrojó una maleta samsonite de un turista  británicoque en esos momentos intentaba la inscripción, contra el ventanal de acceso. También lanzó un lamento cuando comprobó que se trataba de un cristal blindado. Pero había algo más con lo que no contábamos. Mientras sonaban las alarmas, unas enormes planchas de acero cayeron del techo paralelas al ventanal y a la puerta giratoria bloqueando, de manera irremediable, cualquier intento de fuga. Cari, yo y catorce clientes más, entre los cuales se encontraban varios menores, todos con los brazos en alto en señal de rendición, fuimos rodeados por la alemana que movía su cabeza de un lado a otro mientras fruncía sus labios pintados de carmín rosa pasión.
‑Nein, nein, nein! ¿Ustegdes no compgendeg? Hotel all included, miguen sus pulseguitas. Cualgquieg cosa que necesitag, no pagag iugos. Comida, cena, bebidas, gopa, atgracgciones…
Cari y yo no pudimos mirar nuestras pulseras. De hecho las habíamos cortado y quitado para evitar que, durante la acción, pudieran dificultar nuestros movimientos. Miramos, en cambio, nuestras muñecas desnudas y el movimiento no pasó inadvertido para la alemana que abrió sus ojos azules hasta que sus párpados casi le alcanzaron las cejas.
‑Noooo! –gritó‑. Pego, pego… ¿Ugstedes no teneg pulsega? ¿No egstán en all included?
No dio tiempo a contestar. Nos agarró sin mediar palabra por el cuello del uniforme, nos colocó en la puerta giratoria y nos sacó de inmediato del hotel no sin antes gritar: ¡Españologs gogones, delingcuentes, tramposogs !

Nuestra primera cena en libertad fue magnífica. Luego nos dimos una vuelta por el paseo marítimo y nos sentamos en una terraza donde pedimos un café y un chupito de pacharán. Pagamos los 30 iugos… digoooo, euros, sonriendo. Era caro pero… ¿Alguien dijo alguna vez que la libertad tuviera precio?


lunes, 30 de julio de 2012

Todos son corruptos

Leo en twitter a @perezreverte, en lo que yo llamo su “homilía dominical”. El escritor, periodista y académico se desgañita por enésima vez, en el “Bar de Lola”, un rincón virtual en el que nos reunimos seguidores y detractores del popular, contra los abusos de la clase política hispana. En esta ocasión, habla de un futuro viaje que un grupo de parlamentarios hará a la China desglosando a “grosso modo”,  los gastos que generará dicho viaje, dudando a la vez de que éste pueda reportar algún beneficio a la maltrecha economía española.  Yo también lo dudo. Si porviajes fuera, dejando cacerías elefantiásicas aparte, aquí tendríamos que tener un PIB tres veces superior al de Japón. Pero no. Aquí seguimos cada vez más  recortados sin que los viajes se recorten.  Ni los viajes, ni los asesores. Esta semana dos más. Esperanza Aguirre, preocupada por la cosa laboral, ha llamado a Ana Botella y le ha pedido enchufe para dos parientes y doña Ana, buena amiga y no sé si tan buena alcaldesa, ha buscado ocupación a los afortunados. Reconozco que la cosa me ha dolido. Yo pensaba que doña Aguirre era una política quizás un punto carca pero yo la  hubiera calificado como persona honesta a pesar de que ya me defraudó hace algunos años. Muchos lo recordarán. Viaje a la India, con una delegación de empresarios madrileños, atentado en el hotel donde ellos se hospedaban, tiroteo y salida por pies descalzos,de la señora Presidente, que deja allí a la delegación, piernas pa que os quiero, y como si fuera un   Schetinno cualquiera planta en la India a toda la delegación que ella capitaneaba, se pilla el primer avión y se viene a la vieja, pero tranquila, España. Por supuesto que nadie esperaba que saliese a pecho descubierto a reducir a los terroristas pero hubiera dicho mucho en su favor que, una vez en la calle, se dirigiese al consulado español, esperase al resto de viajeros, organizase su salida del país y ella fuera la última en montar en el avión que los trajera de regreso. En fin, el miedo es libre y nadie sabe cómo actuaríamos en una situación similar y si no, que se lo digan al ya mencionado  Schetinno cuando se cayó en la lancha. Ahora no  existen justificaciones y lo que han hecho Espe y Ana, Ana y Espe, tanto monta, ha sido con premeditación, abuso de poder y alevosía. Que en estos momentos se recorte el sueldo a funcionarios, que se dejen de pagar premios a trabajadores que llevan 25 años de servicio, que los jubilados tengan que abonar parte de los medicamentos que hasta hace unos días eran gratis, que se suba el IVA, los impuestos y que en este contexto de crisis económica y social ellas se permitan  enchufar a dos parientes es para patearles las meninges. A ellas y a todos los que se lo consienten. Pero vuelvo al tema de la homilía revertera.  En un momento dado, alguien apuntó al anfitrión, que no todos los políticos eran iguales, que algunos eran honrados y que generalizar es injusto. Don Reverte, buen marino, recoge velas y asiente en la mayor. Efectivamente él no ha dicho que todos sean iguales, que muchos son honrados   aunque también haya muchos que se unen a la trapisonda de mangancia bajo la buena sombra del árbol parlamentario al que se han arrimado.  Esta buena sombra también cobija a diputados hijos de papá, que han pasado inadvertidos hasta que han abierto la boca por primera vez (Verdad, Andrea Fabra?) . Esta sombra cobija a diputados que teniendo casa, hasta cinco, y viviendo en Madrid,se permiten estar cobrando desde el año 1980, cerca de dos mil € de complemento por dietas de desplazamiento (¿Verdad, Alfonso Guerra?). Y el resto de los 350 diputados y nosecuántos senadores, con carita de inocente silbando distraídos y contestando “no todos somos iguales”. . En lugar de señalar con el dedo a los tramposos, en lugar de expulsarles a patadas de ese templo que debería ser el Congreso de los Diputados, de forma vergonzosa callan y otorgan. Luego se extrañan de que los metamos a todos en el mismo saco de mangantes. En otros, bastantes, casos, justifican el buen hacer político diciendo que el alcalde o el concejal de un pueblo de 500 habitantes es honrado y se mata a trabajar por sus vecinos. ¡No me jodan!  Esos señores, están a tanta distancia de lo que estamos hablando, como puede estarlo el presidente de la comunidad de vecinos de la madrileña Torre Picasso. Esos no son políticos, son gestores con su trabajo habitual de boticario o carnicero que echan unas horas de trabajo para lograr que el pueblo funcione y que haya corrida de toros el día del Patrón.  De esos no estamos hablando. Yo hablo de los otros, de los que cortan el bacalao en este país. De los que aprueban entre aplausos y risas que se quite la paga de Navidad. Esos no son honrados. Bueno, quizás haya alguno cuya voz no se pueda escuchar por culpa del peso de la mayoría sinvergüenza y conformista. Exceptuemos pues a esa hipotética muestra que nos sirve para confirmar la regla. Los demás, por colaboradores en el mangoneo, son deshonestos y, mientras su voz no se alce para denunciar y expulsar a los malos, tenemos el derecho a llamarles hijos de puta.  Querido lector, siento el exabrupto pero yo también necesito desahogarme.

miércoles, 25 de julio de 2012

HACE CIEN AÑOS

            Todo había comenzado unos meses atrás. Agobiada por la situación del país y alentada por las noticias que se recibían de aquellos que se habían decidido a  iniciar la aventura pensé que a mi también me había llegado el momento de buscar una vida mejor. Le pregunté a una de mis vecinas cuyo hijo había alcanzado ya la meta soñada quién era la persona de contacto que me podría facilitar el viaje.
            ‑En cualquier bar de la zona pregunta por Tarek –me respondió‑. Dile lo mismo que me has dicho a mí. Que estás harta y que te quieres marchar. Pero, niña, ten cuidado con él. ¿Cuántos años tienes?
            ‑Quince –respondí‑. Pero…. ¿Por qué he de tener cuidado?
            Ella suspiró antes de responder.
            ‑Niña, eres joven y preciosa. El viaje es caro. ¿Tienes dinero ahorrado?
            No lo tenía. Pero ya lo pagaría cuando llegase a destino con los primeros sueldos que ganase. Dos días después, Tarek me esperaba sentado en el reservado de un bar cercano. Era un hombre gordo que sudaba profusamente con camisa blanca inmaculada con los botones desabrochados dejando asomar un grueso cordón de oro.  Pantalones caros y zapatos brillantes como un espejo. Me miró de arriba abajo mientras se hurgaba con un palillo unos dientes negros por el tabaco.
            ‑Quieres viajar –me dijo como saludo‑. Hay muchos que quieren hacerlo y las plazas son pocas. Además, ya sabes, hay que contratar el barco y la tripulación, pagar el combustible, comida para la travesía y los inevitables sobornos a las autoridades. Eso es dinero, mucho dinero.
            ‑No importa, estoy decidida a todo –respondí‑. Ahora no tengo mucho pero… prometo pagar. Puedo pagarles cuando consiga trabajo.
            Soltó una carcajada y se acercó hasta que pude percibir como su aliento a tabaco y alcohol me inundaba.
            ‑No, cariño, las promesas no sirven –dijo mientras que sus dedos desabrochaban los botones de mi blusa‑. Pero hay otras formas… ¿sabes? Siendo un poco cariñosa conmigo y con mis amigos, en poco tiempo lograrás el dinero suficiente para el viaje…      
            Decían que el viaje sería duro pero nunca imaginé hasta que extremo. Ya han muerto algunos de los nuestros y el patrón de esta pequeña cáscara de nuez hizo que los arrojásemos al mar. Su fallecimiento, después de todo, ha sido una bendición para los que todavía seguimos vivos. Podremos disponer de un poco más de agua y una parte extra de comida. Así aguantaremos unos cuantos días más. ¿Quién será el próximo? Quizás esa mujer. Está a punto de parir y su hijo no conocerá esa tierra prometida. Esa tierra de trabajo y bienestar por la que todos soñamos. Esa tierra en la cual nadie necesite venderse a turistas deseosos de carne infantil a cambio de algunas monedas, sencillamente para poder comer el día siguiente. O para poder marcharse. Había escapado de un infierno para caer en otro distinto. Quemaduras por el sol, una sed insoportable que el agua salada no puede paliar y un horizonte que se curva en una trágica mueca entre los azules de cielo y mar. Pero este sufrimiento tendrá un pronto final. Si morimos, todo se acaba pero quien logre aguantar, si es que alguien lo hace, recibirá el paraíso como premio. El principio también será duro. Un centro para inmigrantes y luego, cuando salga, intentaré encontrar un trabajo. Recogiendo fruta, limpiando casas o cuidando ancianos. Dicen que en los países ricos se puede ganar mucho dinero. Tanto como para poder vivir bien y enviar lo suficiente a la familia. No podré olvidarles: Papá, mamá, los hermanos pequeños, el abuelo, siempre con sus historias. ¡Viejo chocho! Dice que, cuando él era niño, su papi le contaba que antes las cosas no eran así. Entonces había buenos trabajos y comida para todos.  Y también dice que la gente venía de fuera, desde lugares como al que ahora vamos en barcos como éste y que todo sucedió apenas hace cien años. Que hubo una crisis y que muchos países se hundieron en muy poco tiempo. La gente que había emigrado volvió a sus lugares de origen. Sus naciones avanzaron rápidamente gracias al trabajo y a los conocimientos de los que allí tornaban y que los pueblos de África progresaron dejando muy atrás una Europa que se deterioraba cada vez más. ¡Sueños de loco! ¿Quién se puede creer eso? ¡Qué cosas más raras se les ocurren a los viejos! ¿Alguien se imagina que, apenas hace cien años, en África se pasaba hambre? Pero… ¿Qué es aquello? ¡Cielos! ¡Un barco! Parece un barco de salvamento, y se dirige a nosotros. ¡Bendito sea Dios, estamos salvados! ¿De dónde será? Quizás Guinea, Senegal o Camerún. Me hace ilusión, pasear por las elegantes calles de Malabo o Dakar. Quizás hasta encuentre novio allí pero… no lo creo. Dicen que los negros son muy racistas y que a los blancos no nos quieren…

martes, 17 de julio de 2012

Romance de la doncella bocazas

Romance de la doncella bocazas.

En mañanita de julio,
en mañana soleada,
en las Cortes españolas
que son las muy bien guardadas,
por dos leones de bronce
con melenas bien peinadas
en mitad del hemiciclo
un alto hombre explicaba
las medidas a tomar,
por la crisis que atenaza,
maltrechas economías
de muchas funestas bancas
que crudo se lo llevaron
cuando fueron gordas vacas.
El mencionado señor
Ques, don Mariano su gracia,
Fablaba a los diputados,
Fuera así como fablaba.
Subiremos los impuestos,
Se terminaron las pagas,
Quitaremos los moscosos,
Y en temas de sanidad,
Aquellos que ahora se mueran
Ya lo deberán pensar
que si antes pagaban ocho,
más de veinte pagarán.
También subirán los libros
Que ya lo dice el refrán,
La letra, con sangre entra
y aquel que quiera estudiar
amás de poner la sangre,
deberallo apoquinar.
que no está el horno pa bollos
y que tendremos que ahorrar,
o Merkel, la muy teutona
va a quererme ella capar.
Así decía Mariano,
así era su fablar,
y sus barones en tanto
las palmas hacían sonar
y en la calle los vasallos
con la güevera apretá
porque las cosas decidas,
les facen acojonar.
Y dentro del Parlamento
Entre voces, fandanguillos
y alegrías, en vez de:
 que “Viva España gritar”
Habló la doncella Fabra,
Ques hija de su papá
y en medio de tanta palma
se la oyó claro gritar:
¡Que se jodan! Dijo ella
¡que se jodan! (Los demás)
Que soy doncella fermosa,
Ques mi señor, mi papá,
Ques mi tierra las Valencias,
donde las Fallas lugar.
Y pues le gustan las Fallas,
a la niña de papá,
que le pongan capirote,
en su cabeza peiná,
que la lleven a la hoguera,
y allí la hagan quemar,
por bruja y por insensible
por estar descerebrá,
y que los que la taparen
vayan al mismo lugar
para ver lo que aquí hacemos,
con las brujas como tal..
Que un séquito de parados,
Se la haga acompañar
y cuando las llamas toquen,
Esa carne singular,
Entonces, todos a una,
¡te jodes! Le gritarán.